Lo que no conocías sobre el primer sorteo del Mundial de Fútbol FIFA

Los copones podrían ser de Tiffany y las bolillas de Swarovski. Tranquilamente. En el Centro de Exposiciones y Convenciones de Doha, todo lo que brilla, desde la organización y la ornamenta, parece ser oro. Salvo un par de asteriscos, de selecciones que se están jugando los últimos boletos para el 22° Mundial FIFA, en la zona del West Bay, centro del distrito financiero de la capital qatarí, el sorteo para el primer certamen petrofutbolero que tendrá a la Argentina de Leo Messi entre las principales atracciones, ya rueda solito en el gigante pabellón estilo futurista de 35.000 metros cuadrados que cuelga desde su techo espadas arábigas en modo estalactitas. El túnel del tiempo no tiene piedad. El mañana apabulla al pasado. El color mata al sepia. Sólo resiste el azar.

El asunto adquiere, edición tras edición, menor carácter de lotería aunque no por eso deja de ser convocante, hipnótico, narcótico. Sucederá este viernes, el primero de abril, en 2022, en la perla del Golfo Pérsico. Aconteció también (casi) 92 atrás, a más de 13.000 kilómetros de distancia de allí, a orillas del Rio de la Plata, en una Montevideo estilo Viejo Continente, ciudad puerto, capital pujante, con un 10% de inmigrantes en algo más de medio millón de habitantes, plazas en cada barrio, un Palacio Legislativo recién estrenado y una envidiada rambla Sur en construcción. La ciudad colonial levantada alrededor de la Plaza Matriz, frente al Cabildo y a la Catedral, comenzaba a darle lugar a anchas avenidas y a imponentes edificios de vanguardia. El centenario de la jura de la primera Constitución ameritaba la organización de un evento deportivo de magnitud, una apertura al mundo. El fútbol ayudaría…

Uruguay, qué no ni no

En 1928, a una Federación Internacional de Fútbol Asociado en crecimiento pero increíblemente pobretona, la nafta le daba sólo para darle una mano al Comité Olímpico Internacional en el armado del torneo de los cinco anillos, que solía jugarse incluso fuera de calendario. Su aspiración de independizarse y expandirse planetariamente en plena controversia -británicos mediante- sobre los pro y los contra del amateurismo colaboró para abrirse definitivamente de Pierre de Coubertín, el padre de los JJ.OO modernos. Así, en Holanda, a un día del inicio de los Juegos, se decidió en el 17° Congreso de la FIFA la creación de una Copa Mundial a partir de 1930 abierta incluso a profesionales, algo con lo que ya se coqueteaba desde su fundación en 1904. La idea del francés Henri Delaunay, de armar un campeonato cada cuatro años que incluyera elencos no europeos y aceptando jugadores aficionados y pagos, significó un crac que tomó color un año más tarde cuando, en Barcelona, fue confirmada Uruguay como sede del primer Mundial (exclusivamente) FIFA por fuera del COI con el voto de 23 concurrentes al acto decisivo.

Fueron dos dirigentes de Nacional, José G. Usera Bermúdez y Roberto Espil, quienes presentaron la postulación golpeándose el pecho tras los dos oros al hilo en Colombes y Amsterdam, dorado bicampeonato olímpico-mundial. Consiguieron el visto bueno de la Asociación Uruguaya de Fútbol y también de la Confederación Sudamericana. El momento de poner los huevos sobre la mesa ocurrió en el Congreso de Barcelona, el 18° de la FIFA. El 19 de mayo de 1929 se inauguró en la colina de Montjuic la esplendorosa Exposición Internacional (Feria Mundial). Con esa buena excusa, en ese buen evento, allí se reunieron una vez más los representantes futboleros de todo el mundo. De a una, naciones europeas como Holanda, Hungría, Italia, España y Suecia se fueron desinflando de su afán organizador de la Copa. Era el momento para Uruguay, el ‘ahora o nunca’.

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Desarrollado en seis hojas mecanografiadas, el discurso del argentino Adrián Beccar Varela -traducido verbalmente en simultáneo a lengua gala por el Doctor Enrique Buero, diplomático charrúa, influencer y primer vice no europeo de FIFA- fue lo suficientemente contundente como para llevar el certamen -y las dificultades- a Sudamérica. Según cuenta la leyenda, el propio Buero, cuatro años antes, en su rol de delegado uruguayo ante la Sociedad de las Naciones (creada por el Tratado de Versailles tras la Primera Guerra Mundial para establecer bases de pacificación entre los pueblos), ya le habría tirado la onda a Jules Rimet en el Quai des Bergues de Ginebra. El histórico presidente de la FIFA, dicen, se la pateó para adelante aunque le habría hecho un guiño a futuro: si se hacían cargo de todos los gastos (que eran muchos), a lo mejor… Y así fue, más allá de la veracidad del encuentro. Con el tiempo, la República Oriental tuvo el OK. Aunque todo se suponía en fase experimental: a meses del arranque mundialista, no había estadios construidos ad hoc ni Eliminatorias… El campeonato se jugaría por invitación. Nuestro continente, de Sur a Norte, dijo presente sin chistar. Sin embargo, del otro lado del Atlántico, un boicot casi echa todo a perder.

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A negociar que se acaba el Mundial

Se eligió una fecha invernal para que no coincidiera con los momentos europeos de competencia y alimentar las chances de visita. Así y todo, hubo peros en tiempos donde la UEFA no existía. Los profesionales no querían venir porque sus clubes no los dejaban. Los amateurs tampoco, porque no encontraban sustitutos en sus trabajos para tomarse vacaciones deportivas. Ni siquiera por los 18 días que duraba la justa. Tres semanitas de ida en barco, casi una quincena de juego, y otras tres semanitas de vuelta no resistían ninguna economía.

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A un semestre de la Copa del Mundo, las invitaciones emanadas desde la organización (y con la ayuda de Cancillería y consulados) empezaban a rebotar. Desde las potencias de la época hasta selecciones que podrían hacer bulto al menos. Al ‘no’ de Alemania (su prensa juraba que los uruguayos eran malos perdedores y respondían a naranjazos contra los malos resultados), Austria, Checoslovaquia y Hungría (gran equipo gran), se sumaron luego Polonia, España (embroncada por no haber conseguido la organización de la Copa), Suecia, Noruega, Suiza, Holanda e Italia (situación símil Madre Patria). Ni siquiera los británicos, out of context, aceptaron un acercamiento por interés (pretendían, además, el 50% de las recaudaciones brutas de cada uno de sus partidos).

Pintaba la desesperación. Buero fue clarito con su amigazo Rimet: debía mover el bote en Europa Central o todas las selecciones de la CSF, la actual Conmebol, abandonarian el barco de una FIFA que se quería latinoamericanizar. Mitad advertencia, mitad de amenaza. Si se la pudrían, olvidate de Sudamérica en el Mundial 1934. La presión dio sus frutos. Aunque la mano de obra fue bien uruguaya.

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Recién el 23 de abril de 1930, Bélgica aceptó oficialmente la invitación y evitó que el torneo fuese sólo una Copa América mejorada. En La Haya, Holanda, en el marco de una Conferencia de Codificación del Derecho Internacional, Buero convenció a Mr. Paul Hymans, ministro belga de Relaciones Exteriores: golazo a falta de 78 días para arrancar a jugar. El 2 de junio, Francia se unió después de que -Buero otra vez- haya puenteado a un pasivo Don Jules (pope a su vez de la Federación Francesa) y negociar derecho viejo con el subsecretario de Estado del gabinete galo, Monsieur Henry Pathé.

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